"El Setiet" Boletín Informativo Nº 8

El farolet

  • El mundo del juguete está lleno de fantasía, basta con ver la cantidad de medios de entretenimiento tanto educativos como, simplemente, recreativos que disponen los niños de nuestros días. Esto no siempre ha sido así. La abundancia de recursos de esparcimiento es un hecho actual, pero la imaginación ha formado parte del mundo infantil desde siempre. Sirva como ejemplo de esta reflexión el farolet, un juguete hoy olvidado y que va a ser objeto central de este árticulo. 
  • La peculiaridad de este juguete es que había que crearlo, y tanto en su fabricación como en su utilidad la fantasía ocupaba un lugar importante. La materia prima era un pequeño meló d’aigua o sandia, que recibía el nombre de rebuix, y por el que en la mayoría de los casos el vendedor no cobraba nada ya que era casi invendible. 
  • Conseguido el melonet se iniciaba el proceso de creación del farolet. La primera operación es hacer la coroneta, que consiste en cortar la sandía por la parte superior donde tiene el peciolo o rabito que lo mantenia unido a la mata (figura 1). El siguiente paso es vaciar el fruto de la pulpa comestible, cosa que la mano de un niño puede hacer metiendo la mano por la abertura practicada. Después con una navaja puntiaguda se practicaban cuatro aperturas laterales cuadradas las ventanas (figura 2); entonces llegaba la parte artística, que se realiza raspando la parte verde y dura de la corteza. Cuando aparecía la parte semidura que es blanca, la raspadura había que hacerla con la forma de alguna figura. Todo valía, una casita con un arbol al lado, un burrito, un perro, un camión, una cometa, un niño o cualquier otra figura que apeteciera. El tema era libre y, además, la parte decorativa del trabajo (figura 3). Seguidamente se procedía a practicar cerca de la apertura superior tres agujeros simétricamente equidistantes por los que se pasaba una cinta o un cordelito fino. En la coroneta o tapa otros tres, procurando que coincidieran con los primeros de modo que la coroneta quedara tres o cuatro centímetros por encima de la boca del farolet. A continuación, se anudaban más arriba los tres hilos juntos formando un asa que servia para sostenerlo (figura 4). 
     

 

  • Por aquellos días la iluminación eléctrica era deficiente, los apagones frecuentes y, además, en las casas de campo aisladas se alumbraban por la noche con el candil de aceite, el quinqué de petróleo, la lámpara de hidrocarburo  y la vela de cera. Ésta última era la iluminación del farolet. Se encendía un pedazo no muy grande de vela y se dejaban caer unas gotas de cera derretida al fondo del farolet. Apagada la vela se introducía en el farolet antes de que la cera se endureciera. En ese momento la vela quedaba fijada y el farolet estaba terminado. 
  •     Sólo quedaba encender la vela y entonces la luz de ésta, además de alumbrar por la ventanas, producía unas transparencias en las figuras raspadas que eran el ornamento y le daba al artilugio la categoria de figura artística. 
  •     Como es de suponer, la utilidad del farolet era más decorativa que práctica, pues la luz que emitía la vela  a través de las ventanillas y las raspaduras no era lo suficientemente intensa para solucionar ningún problema de iluminación, pero siempre quedaba la satisfacción de la obra realizada. 
  •     Recuerdo mi primer farolet. Estaría yo entre los siete y ocho años de edad. Ya tenía la experiencia de haber visto otros realizados por compañeros y tenía el asesoramiento de mi abuelo materno, que me dejaba hacer pero aportaba sus buenos consejos. Para ser mi primera obra quedé bastante satisfecho tanto que, de inmediato me fuí a casa de mi abuela paterna para enseñárselo. Otro juego de entonces eran unas caretas de cartón piedra, pintadas con unos rasgos -no puedo especificar si de fauno o de diablo- pero en todo caso horribles. En el trayecto entre mi casa y la de mi abuela me encontré con dos mocetones de diez o doce años disfrazados ambos con dichas mascaras. No tuvieron otra diversión que asustar al niño que yo era. Empezaron a dar vueltas a mi alrededor gritando en un aquelarre espantoso. Me apresté a la defensa, volteé el farolet como una onda y lo estrellé contra el rostro de uno de aquellos monstruos. El farolet quedó hecho añicos, pero aquellos bárbaros se dieron por satisfechos y se alejaron, dejándome solo llorando con los restos que quedaban de mi trabajo colgando de mis manos. 
  • Despues realicé otros muchos farolets, pero nunca olvidé aquel primero que no pude disfrutar. 
     
    Juan Galiano "Broses"