La Pintura de los Siglos XIX y XX


El siglo XIX será para el arte valenciano un periodo de fecunda producción por estar repleto de personalidades de primera magnitud que encontrarán eco en el panorama plástico del momento, calificado como "el nuevo siglo de oro de la pintura valenciana".

Museo de Bellas Artes de Valencia. Sala Ignacio Pinazo.

Ese conjunto de artistas, con su peculiar forma de pintar, constituirán una escuela coherente y bien definida, que contribuye decisivamente a la renovación de las artes pictóricas españolas decimonónicas. Su principal aportación estriba en la captación instantánea y lumínica de las cosas, desarrollando para ello una peculiar técnica de pequeñas pinceladas individualizadas y manchas de color, unidas a una ejecución rápida, que en algunos casos parece tener como resultado un aspecto abocetado o inconcluso. Esta apariencia visual ha motivado que popularmente se les conozca como "escuela impresionista valenciana", expresión quizá incorrecta, por ser en realidad ajena a los planteamiento filosófico de la pintura impresionista. Su principal preocupación es captar efectos lumínicos, de ahí que resulte más correcto llamarlos pintores luministas, plenairistas o instantistas.
        Una dominante en todos ellos es que cuentan con una trayectoria profesional común. Se forman en la conservadora Academia de San Carlos, en Valencia, para posteriormente disfrutar de una pensión de la Diputación en Roma o París, en donde no sólo amplían estudios, sino que contactan con las corrientes artísticas europeas del momento, provocando en ellos un cambio sustancial en su manera de hacer. Finalmente coincidirán en los certámenes de las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, obteniendo los primeros premios que los catapultan a la fama y al reconocimiento por parte de la sociedad madrileña, pero sin desvincularse de su tierra natal.
        Por lo que respecta a la técnica y la temática ocurre exactamente lo mismo. Casi todos utilizarán el gran lienzo para concurrir a los concursos, pero es en los pequeños formatos donde consiguen los mejores logros de inmediatez luminosa a partir de una arrebatadora factura de manchas de color. Por otra parte, la temática de estas pinturas se diversifica muchísimo, pero en líneas generales responde al deseo de satisfacer la demanda de una clientela burguesa ajena a cualquier experimento o audacia compositiva. Entre los temas más cultivados destacan: la pintura de historia, obligatoria en los concursos nacionales; el elegante y refinado retrato; el paisaje como protagonista absoluto; la pintura de costumbres, que convertirá lo cotidiano y popular en motivo artístico; y finalmente la pintura religiosa, que desde su claro declive encuentra ahora un nuevo enfoque costumbrista combinado con el sentimiento religioso.
        Los fondos de estos artistas que posee el Museo de Bellas Artes de Valencia corresponden, precisamente, a los trabajos de clase, siendo estos los menos espontáneos por estar sujetos a las condicionantes normas académicas; las pinturas como pensionados, en los que, si bien aun se aprecia el lastre de su formación, ya se apuntan las influencias que ejercen las corrientes europeas sobre ellos; y finalmente, las obras de su etapa madura, pudiéndose de este modo seguir la trayectoria pictórica de los artistas valencianos en el tránsito de los siglos XIX y XX.
        Esta escuela se asienta en la obra de cuatro artistas señeros: Francisco Domingo Marqués, Ignacio Pinazo Camarlench, José Benlliure Gil y Joaquín Sorolla Bastida.

Francisco Domingo Marqués.
Un lance del siglo XVII.
Lienzo, mediados del siglo XIX.

Francisco Domingo Marqués es el iniciador de las audacias técnicas en la pintura decimonónica valenciana. De los cuadros que posee el Museo destacan aquellos de temática histórica como El Beato Juan de Ribera en la expulsión de los moriscos o los meramente anecdóticos como Lance en el siglo XVII, escena de mosqueteros que junto con las de tabernas y andaluzas de esquemas fáciles le granjearon el éxito. En los retratos reduce la paleta cromática y consigue unos matices de clara filiación goyesca visibles en el Retrato de Manuel Ruiz Zorrilla y en el Retrato de Carmen Cervera. Posiblemente sea su pintura religiosa la que mayor gloria le ha dado con obras de primer orden como Santa Clara y San Mariano, en las que se aprecia la necesidad que tiene el artista de beber de las fuentes barrocas de Ribera y Velázquez para transmitir la piedad en el siglo XIX.

Francisco Domingo Marqués.
Santa Clara.
Lienzo, 1869.

Ignacio Pinazo Camarlench es posiblemente el más atrevido de todos, pues a través de sabias y oportunas manchas de color supo transferir a sus obras un aire inacabado, basado en la sugerencia, como se ve en el retrato de su hijo vestido de Monaguillo tocando la zambomba. Pero en realidad ese espíritu de libre pincelada lo que pretende es reflejar una constante en la pintura valenciana decimonónica como es la luz, así realizará cuadros como Interior de alquería valenciana, de la que llama poderosamente la atención el efecto lumínico del sol filtrándose por el jardín de la casa e inundando toda la estancia. Por otra parte destacan sus retratos en los que gusta ensuciar el color, empastar las formas y dejar como inconclusas sus obras, si bien es capaz, mejor que nadie, de reflejar la psicología del personaje, como acontece con el Retrato del Conde Guaki; pero no siempre tendrá ese resultado como se aprecia en el refinado Retrato de Teresa Martínez, esposa del pintor, o en su Autorretrato. Por otra parte, y muy significativos en su producción, son las pinturas de niños, como El guardavía, en el que refleja a un niño metido en el papel de jefe de estación ferroviaria. De las obras que el Museo expone actualmente llama la atención sus cuadritos de pequeño formato, pues es en ellos donde el artista deja sus mejores lecciones de pintura, como en Clase de dibujo, en el que consigue encuadrar una gran escena en un parco espacio pictórico; Figura femenina sentada, en la que rehusa el bocetismo para recrearse más en el detalle; o en cuadritos de género, como Rosa, en el que una simple flor es capaz de conmover por su suelto tratamiento pictórico, colorido y efectos lumínicos sobre los pétalos.

Ignacio Pinazo Camarlench.
Monaguillo tocando la zambomba.
Lienzo, hacia 1893 - 1895.

Ignacio Pinazo Camarlench.
Retrato del Conde Guaki.
Lienzo, 1903.


Otra de las figuras destacadas es José Benlliure Gil, que cultivará con verdadero acierto la pintura costumbrista, que queda hoy como testimonio de la Valencia de ayer. En sus lienzos aparecen personajes populares como El Tío Andreu de Rocafort, un labriego a la usanza valenciana fumando, o El Tío José de Villar del Arzobispo, este con su bota y jarra de vino.

José Benlliure Gil.
El Tío José de Villar del Arzobispo.
Lienzo, 1919.

Una combinación que le dio muy buenos resultados fue la miscelánea de lo costumbrista y lo religioso, en obras tan celebradas como Oyendo misa (Rocafort), en el que reproduce el interior de una típica iglesia valenciana con sus feligreses participando de la Eucaristía, o Misa en la Ermita, donde retrata diversos tipos humanos en el interior de una ermita. Tampoco se mantuvo ajeno a los temas de monaguillos, un trasunto muy solicitado en la época, y que aquí se traduce en las picardías de dos jovencitos Monaguillos que juguetean con un incensario. También el retrato de personajes eclesiásticos, como Cardenal romano o Sacerdote revestido, a los que dota de un severo recogimiento. Otra faceta de Benlliure es aquella en la que recoge a personajes y lugares de su entorno familiar, es el caso de Retrato de María o Mi jardín, en los que transmite una pintura de gran frescura y colorido. Finalmente hay que mencionar su pintura religiosa de clara evocación fantástica y simbolista, reflejada en obras como La barca de Caronte, que responde a un misticismo que ronda lo fantasmagórico.

José Benlliure Gil.
Oyendo misa (Rocafort).
Lienzo, siglo XIX.

Finalmente, y para terminar con estos cuatro ases de la pintura decimonónica valenciana, hay que mencionar a Joaquín Sorolla, el pintor más conocido internacionalmente por los efectos luminosos que aparecen en sus pinturas. De su etapa de formación se encuentran Academia del natural, Tres cabezas de estudio, y El niño de la bola, en los que ya apunta el que será su estilo personal y bien definido de pincelada individualizada. Dentro de su quehacer destacan los retratos que efectuó a diversas personalidades de la sociedad valenciana, demostrando en ellos sus excelentes dotes demostradas en el Retrato de D. Amalio Gimeno o el Retrato de José Luis Mariano Benlliure López de Arana, a los que transmite un aire novedoso y desenfadado.

Joaquín Sorolla.
Retrato de D. Amalio Gimeno.
Lienzo, 1919.

La temática más usual en Sorolla son las escenas marineras y costumbristas, de las que el Museo cuenta con escasa representación, al margen de dos pequeñas marinas del Puerto de Valencia y Playa de Valencia. Pescadoras, en las juega con unas sugestivas luces y sombras que contribuyen a hacer honor a la fama del pintor; respecto al otro tema, el de escenas costumbristas, destaca la obra en la que nos muestra a sus dos hijas configurando una Grupa valenciana, en la que consigue mayores audacias en el tratamiento del color. Por otra parte también hay obras de temática menos conocida, como la producción religiosa en La Virgen María, o las escenas bucólicas como La bacante, con la que se suma a los gustos orientalistas.


Joaquín Sorolla.
Puerto de Valencia.
Lienzo, hacia 1882.


Joaquín Sorolla.
Grupa valenciana.
Lienzo, 1906.

Mención especial requiere el pintor Antonio Muñoz Degrain, del que el Museo conserva una nutrida muestra de su obra donada por él mismo. Injustamente valorado hasta fechas recientes por la crítica, su pintura responde a un temperamento e inquietud, que se refleja en las ambiciones plásticas y expresivas, fruto de una visión personal surgida de sus constantes viajes y su sentido romántico de la vida. Esa óptica visual le permitirá interpretar los temas históricos y literarios como una gran escena teatral, los paisajes como una naturaleza desbocada e infinita, y los sucesos reales como una fantasía irreal. Dentro de su producción hay que destacar un pequeño cuadrito de juventud, de corte académico, con el tema costumbrista de una Lavandera. Alrededores de Valencia, en el que con una visión en picado consigue una amplitud de campo que preconiza su futuro arte. Posteriormente se iniciará en la pintura de historia, que tanta fama le otorgó en las exposiciones de bellas artes, y que está representada por bocetos de pequeño formato como Otelo y Desdémona; para, posteriormente, dedicarse a sus temas favoritos: la pintura paisajística de amplio espectro como Desfiladero de los Gaitanes; la de temática oriental, fruto de sus constantes viajes a Extremo Oriente, en La gruta de los profetas; los paisajes calmados, llenos de melancolía, romanticismo y simbolismo reflejados en Estanque, hojas caídas y cisnes, o aquellos otros en los que prima el drama, como en Amor de madre; y la religiosa de Jesús en el lago Tiberiades, que es más una excusa para su visión paisajística y lumínica de la pintura, que para transmitir un sentimiento espiritual. Fue un artista que abordó un gran abanico de temas en los que prima sobre todas las cosas su visión personal.

Antonio Muñoz Degraín.
Amor de madre.
Lienzo, 1912 - 1913.

Pero el panorama valenciano del siglo XIX va más allá de estos pintores, y se adentrará en el siglo XX sin grandes cambios, amparándose, la mayoría de las veces, en el prestigio y estela de los maestros anteriormente citados, manteniéndose ausentes de las transformaciones acaecidas en la pintura contemporánea española. En esta línea están representados Salvador Martínez Cubells con un cuadro de historia titulado La vuelta del torneo, o el gran lienzo de Enrique Martínez Cubells, que lleva por lema Trabajo descanso, familia; además de Joaquín Agrasot, cuyo atrevimiento le indujo a pintar un boceto de Desnudo de mujer, que le serviría para su Baco joven, en una época en la que predominaban las academias masculinas; o Emilio Sala Francés, que si bien en obras como el introspectivo Retrato de Doña Ana Colin y Perinat pone en evidencia su admiración por lo velazqueño, será en su Florista o en el Retrato de joven donde haga alarde del dominio del color y la factura rápida característica de la escuela valenciana, aunque bien atento a la norma.

Salvador Martínez Cubells.
La vuelta del torneo.
Lienzo, 1881.

También la luminosa pintura de Cecilio Plá testimoniada en el contraluz de La Mosca, o el juego de luz y sombra en Retrato de la esposa del pintor; o Juan Belda con un cuadro de pensionado, Pastor joven. José Pinazo introducirá el casticismo valenciano de gran verismo y colorido demostrado en su conocidísimo Floreal, donde hace gala del tipismo llevado hasta el más mínimo detalle. Por otra parte, la cotidianeidad de las Labores del campo o del Mercado de Valencia es recogida en la pintura luminista de Ricardo Verde; y la visión fotográfica y costumbrista de los pueblos valencianos la representa La gloria del pueblo, de Antonio Fillol, en la que recoge no sólo un acontecimiento verídico, el recibimiento de un afamado hijo del pueblo por las autoridades, sino los diferentes tipos humanos que lo forman. Finalmente Gonzalo Salvá con unos paisajes repletos de color, luminosidad y factura rápida, siendo un buen ejemplo Paisaje Sierra Negrete; Francisco Pons Arnau con obras llenas de entonación cromática y juegos contrastados de luz y sombras en Comiendo fruta; o Manuel Benedito Vives, cuya Chula es un claro exponente del tipismo popular costumbrista.


Cecilio Plá.
La Mosca.
Lienzo, hacia 1897.


José Pinazo Martínez.
Floreal.
Lienzo, 1915.


Gonzalo Salvá.
Paisaje Sierra Negrete.
Lienzo, 1909.

Dentro de esta misma tesitura se encuentra el paisajismo de Aureliano de Beruete en Santo Espíritu Segovia, en el que rehuye de lo pintoresco a partir de un profundo estudio de la luz; José María López Mezquita con una realista Vista del Albaicín; y el padre de la escuela del paisajismo español Carlos de Haes, quien en un gran conjunto de pequeñas Marinas deja testimonio pictórico en su forma de abordar el paisaje.


Aureliano de Beruete.
Santo Espíritu Segovia.
Lienzo, 1908.


Carlos de Haes.
Rompientes.
Lienzo, hacia 1860 - 1880.

Finalmente, también hay una amplia colección de pintores valencianos del siglo XX, con nombres como: Salvador Abril, Rafael Monleón, Juan Peyró, Antonio Cortina, Ramón Stolz, Salvador Tuset, Teodoro Andreu, Carlos Giner, Pedro de Valencia, Ernesto Furió, José Segrelles, Francisco Lozano, Juan Bautista Porcar, Antonio Alegre Cremades, Eusebio Sempere, Genaro Lahuerta, Renau, Francisco Sebastián, Juan de Ribera Berenguer, Juan Genovés, Anzo (José Iranzo Almonacid), Luis Arcas, Manuel Boix, Andrés José Cillero, Equipo Crónica, Equipo Realidad, Horacio Ferrer, Rafael Armengol, José Guinovart, Manuel Hernández Mompó, José María Yturralde, Sixto Marco, Antoni Miró, Joaquín Michavila, Luis Prades, y tantos otros que ponen el punto y seguido al paseo artístico que el recorrido del Museo ofrece, en el que pasado y presente se aúnan en un sentimiento único como es el deleite de la contemplación estética del arte.