La Pintura Academicista


Tradicionalmente se ha venido considerando al siglo XVIII español como un periodo pobre en lo que a las artes se refiere, ya sea por las oleadas de artistas extranjeros de alto nivel que vienen a trabajar al servicio de la nueva dinastía, los Borbones, o por la fuerte personalidad de Francisco de Goya, que llena el último cuarto de siglo e inaugura el siguiente. Ambas circunstancias han restado protagonismo a un periodo importantísimo para la formación de los artistas plásticos, por acontecer en él la creación de las Academias de Bellas Artes, que serán las encargadas de marcar las nuevas directrices en la enseñanza artística, basadas en el orden, la razón y el buen gusto.

Museo de Bellas Artes de Valencia. Sala Francisco de Goya.

En el caso valenciano el nuevo siglo no supuso una ruptura con la tradición anterior, sino una continuación de esta; pero será la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos, creada en 1768, la que determine el cambio de gusto en las artes locales, tendentes ahora a un clasicismo de raiz barroca. Las personalidades más señaladas del ambiente académico como José Vergara, Manuel Monfort, José Camarón, Vicente Marzo, Vicente López o Mariano Salvador Maella serán quienes, junto a otros artistas, se encarguen de formar a los pintores, arquitectos, escultores y grabadores, de los que el Museo conserva una excelente colección, fruto de su actividad en la Academia como alumnos, pensionados o profesores.
        Por otra parte, la recuperación económica favorecerá la presencia cada vez mayor de una burguesía de industriales y comerciantes, que quieren evidenciarse socialmente. Este hecho, junto al declive monopolístico de la Iglesia como único cliente, serán dos factores determinantes del cambio de gusto y, por tanto, de los géneros llevados a la pintura, como: el retrato burgués, el bodegón, los paisajes, los temas clásicos, generalmente de carácter histórico o mitológico, y los asuntos de carácter popular.

José Vergara.
Sagrada Familia.
Lienzo, hacia 1760 - 1780.

En primer lugar hay que reseñar la figura de José Vergara, padre y fundador de la Academia valenciana, cuya pintura refleja el gusto por las composiciones elegantes y amaneradas del mundo rococó, como el Retrato de Carlos IV, o la dulzura y sensibilidad con que aborda los temas religiosos en El Niño Jesús entre los Santos Juanes niños o la Sagrada Familia, en los que consigue transmitir un sentimiento más devoto. Otros pintores de este momento serán: José Camarón, dotado de una gran versatilidad para la pintura y el dibujo, desarrolla un arte caracterizado por el buen gusto neoclásico y un cierto recuerdo rococó en el colorido y la composición, como lo demuestra en su Arcángel San Gabriel; el que más tarde llegó a ser Director de la Academia de Bellas Artes de San Carlos en México, Rafael Ximeno y Planes, con un interesante San Sebastián, copia de la obra perdida de Ticiano, interpretado bajo la serenidad neoclásica; el fiel admirador de Mengs, Mariano Salvador Maella, que trabajó para el rey, con obras como Inmaculada, en la que rinde homenaje a Murillo; y Agustín Esteve Marqués, con un Manuel Godoy, fundador del Instituto Pestalozzi, en el que la influencia de Goya es más que evidente.

José Camarón Bononat.
Arcángel Gabriel.
Lienzo, finales del siglo XVIII.

Mariano Salvador Maella.
Inmaculada Concepción.
Lienzo, siglo XVIII.

La pintura de género está representada en el Museo por los artistas formados en la Sala de Flores y Ornatos creada en la Academia valenciana en 1778, para satisfacer la demanda de pinturas de flores y elementos decorativos, que serán llevados a los tejidos polícromos de la floreciente industria sedera. Su primer profesor y director, Benito Espinós, desarrolló un arte centrado en el estudio del natural, base de la enseñanza académica, obteniendo resultados tan brillantes como Florero, que dará pie a composiciones basadas en el acopio de múltiples pimpollos de armónico colorido y forma, o Guirnalda de flores con un cazador, donde la flora enmarca un motivo central. Su buen hacer en este género dejó una estela de seguidores que repetirán sus modelos hasta la saciedad. Serán los jarrones, cestos u otros recipientes repletos de flores de diferentes variedades botánicas, tamaños y gamas cromáticas los que mayor predicamento encuentren entre Miguel Parra con un Cesto de flores; el Jarrón en forma de cornucopia con guirnaldas de José Roma; o José Navarro y su Canastilla de flores entre otros. Pertenecientes a la segunda variedad compositiva se encuentran las obras de Miguel Parra, donde repite el esquema de la ristra floral con una escena central en Guirnalda de flores con una pintura en grisalla y amorcillos pintando; Jerónimo Navases, con un Medallón con guirnalda; o José Antonio Zapata, que introducirá la figura de unos niños junto a las flores, como se aprecia en Jarrón con flores y niños jugando en el agua; esquema retomado por Joaquín Bernardo Rubert en su Gran florero con niños. Finalmente dejaremos el tema de las naturalezas muertas de la mano de José Felipe Parra, quien en sus múltiples Bodegones de caza hace alarde de una sabia observación del natural reflejando en sus lienzos hasta el más mínimo detalle, aunque también conjuga ese gusto por la pintura de género con la incorporación de figuras que animan la composición como acontece en La niña del velador.

Benito Espinós.
Florero.
Lienzo, 1783.

A finales de siglo, y como nexo de unión con el siguiente, la pintura academicista se circunscribe en torno a dos figuras: el valenciano Vicente López y el aragonés Francisco de Goya, dos genios que crearán en un mismo periodo de tiempo dos formas distintas de concebir la pintura.
        Vicente López, fiel seguidor de la doctrina académica, desarrollará una pintura basada en el buen gusto, el preciosismo y la primacía del dibujo por encima de todo. Su producción se centra fundamentalmente en dos géneros: la pintura religiosa y el retrato. De la primera cabe destacar las composiciones marianas de la Virgen de la Misericordia y la Virgen de la Merced redentora de cautivos, cuyos personajes son retratos de la familia del pintor, o los pequeños cuadritos devocionales como El Corazón de Jesús adorado por ángeles o El Buen Pastor, en los que recurre a la iconografía tradicional. Pero donde realmente hace alarde de su calidad pictórica es en los retratos, en los que no sólo refleja fielmente la psicología del personaje, sino que lo arropa en su ambiente, como acontece con el Retrato del grabador Manuel Monfort Asensi, el Retrato del grabador Tomas López Enguidanos, y el Retrato de Vicente Blasco y García, Rector de la Universidad de Valencia , o el gran Retrato del General Ramón María de Narváez, Duque de Valencia, de tamaño natural y cuerpo entero, en el que destaca el preciosismo con que cuida los detalles. Su particular forma de pintar dejó una escuela fecunda en la obra de sus hijos Bernardo López Piquer, autor del Retrato de Isabel II o de San Pascual Bailón adorando la Eucaristía; o en las cuidadas obras de su otro vástago Luis López Piquer, quien en los retratos de Don Francisco Ignacio Montserrat y Doña Dolores Caldes de Montserrat, refleja con toda exactitud la calidad de las texturas.

Vicente López.
Virgen de la Merced redentora de cautivos
Lienzo, hacia 1798 - 1803.

Vicente López.
Retrato del grabador Manuel Monfort y Asensi.
Lienzo, 1794.


La otra figura señera de la pintura española y universal es Francisco de Goya, que estuvo estrechamente vinculado a Valencia por su relación con la Academia de San Carlos. El Museo cuenta con una buena representación centrada en los retratos de personajes cercanos al genial pintor, en los que no se limita a reproducir su fisonomía, sino que consigue, a través de ellos, reflejar la sociedad de su tiempo, a la vez que pone en evidencia su comunión de ideas y sensibilidad. Ello se traduce en obras de una singular belleza como el cautivador Retrato de Doña Joaquina Candado o el fabuloso Retrato de Francisco Bayeu, dos obras que podemos calificar de doctrina pictórica goyesca por anunciar, a través de sus golpes de color, los comienzos de la pintura moderna; no menos significativos son el Retrato del grabador Rafael Esteve Vilella y el Retrato de Mariano Ferrer, Secretario de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos, en los que se muestra más fiel a los principios académicos. También de esta figura culminante del arte español hay dos pequeños cuadritos con Juegos de niños, en los que Goya consigue transmitir toda la gracia del juego infantil del paso y el balancín.

Francisco de Goya.
Retrato de Doña Joaquina Candado.
Lienzo, hacia 1802.

Francisco de Goya.
Retrato de Francisco Bayeu.
Lienzo, 1786.



Francisco de Goya.
Juego de niños. El paso.
Lienzo, hacia 1780.

Del panorama internacional destacar al decorador fresquista de formación napolitana Corrado Giaquinto, artista de gran estima y prestigio en la corte de Fernando VI, del que hay dos bocetos uno con la Adoración de los Pastores y otro con la Adoración de los Magos, en los que se traduce su sensibilidad rococó, al tiempo que influye en las nuevas generaciones.