Antecedentes Históricos


El Museo de Bellas Artes de Valencia, en otros tiempos denominado Museo de Pinturas del Carmen, Museo Provincial de Bellas Artes, o desde fechas más recientes Museo San Pío V por el edificio que lo alberga, es el referente cultural más importante de la Comunidad Valenciana en cuanto a pintura histórica se refiere. Fundamentalmente está formado por una gran pinacoteca y un amplio fondo de dibujos y grabados, además de esculturas, piezas arqueológicas, fragmentos arquitectónicos, fotografías y artes decorativas.

José Camarón
Alegoría de la Academia
Lienzo, siglo XVIII

Su historia es larga y azarosa, salpicada de avatares de todo tipo, en la que se jalonan etapas favorables y momentos de crisis, pero siempre caminando hacia un porvenir ilusionante, consciente de pertenecer a la élite de los museos españoles.
        Hablar del fenómeno museológico en Valencia supone comenzar por referirse a la Academia de San Carlos, que fomentó desde la segunda mitad del siglo XVIII el gusto por el coleccionismo y el estudio normativo de las bellas artes. La idea de crear en Valencia una academia de bellas artes, como es sabido, se debió a la iniciativa de los hermanos José e Ignacio Vergara quienes, junto a un grupo de artistas llegaron a fundar el 7 de febrero de 1753, la que se denominó Academia de Pintura, Escultura y Arquitectura de Santa Bárbara, en homenaje a la reina Bárbara de Braganza, mujer de Fernando VI. La vida de esa academia fue muy corta, pues no llegó a cuajar. Años después volvería a repetirse el intento y esta vez, por pragmática de 14 de febrero de 1768, el monarca Carlos III aprobaba los estatutos de la nueva y definitiva Real Academia de Nobles Artes de San Carlos, que gracias a la magnanimidad del Ayuntamiento de Valencia pudo abrir sus puertas estableciendo su sede en la Universidad, exactamente en la esquina que forman las calles Salvá y Comedias. Su misión era organizar y sistematizar la enseñanza de las artes plásticas siguiendo el modelo de la madrileña Academia de Bellas Artes de San Fernando, que en la corte venía realizando esas tareas desde tiempo atrás.

Manuel Camarón
Alegoría de Carlos III y la Academia de Bellas Artes de San Carlos. 1783.

En la docencia académica de las bellas artes era práctica frecuente mostrar a los alumnos obras de artistas coetáneos y pretéritos para su estudio y formación. Puesto que los académicos de mérito y supernumerarios hacían donación de una obra propia a su ingreso y aprobación en la Academia, con éstas comenzó a formarse la primera colección académica valenciana, en la que naturalmente figuraban los retratos de los sucesivos presidentes y directores de especialidades, así como los mejores trabajos de sus profesores y alumnos realizados para exámenes, modelos, premios y concursos que, con carácter trienal, convocaba la corporación. A ellas se sumarían los trabajos enviados por los alumnos pensionados en el extranjero, algunas generosas donaciones ofrecidas por personas ajenas a ella, y las efectuadas como muestra de apoyo a la institución a través del monarca, otras academias y protectores de la bellas artes.

Antonio Villanueva
Alegoría de las tres Nobles Artes.
Lienzo, 1768.

Así pues, desde su fundación, la Academia de San Carlos iba formando una colección de pinturas, esculturas, grabados, dibujos y libros, que a finales del siglo XVIII casi ascendía a unas doscientas piezas destinadas fundamentalmente a la instrucción artística. Al parecer con estas obras se iba gestando en el pensamiento ilustrado la idea de crear un museo, pues la corporación guardaba sus piezas artísticas en salones, a manera de gabinetes, a los que tan sólo tenía acceso un público minoritario y elitista circunscrito al ámbito académico.
        La primera vez que se utiliza en Valencia el término "museo" entendido como ámbito destinado a exhibir objetos artísticos, convenientemente colocados para ser disfrutados y estudiados públicamente, tiene lugar durante la dominación francesa en 1812 y se debe al mariscal Suchet. En efecto, durante el asedio francés a Valencia se produjo un bombardeo que afectó a las salas del natural, yeso, flores y otras que la Academia de San Carlos ocupaba en la Universidad, arruinándose parte de sus colecciones. A raíz de ello el jefe de la guarnición francesa, mariscal Luis Gabriel Suchet, queriendo atraer a la causa napoleónica a las corporaciones más influyentes de la ciudad y paliar los daños ocasionados, se entrevistó, el 14 de enero de 1812, con una representación de académicos y profesores, manifestándoles su deseo de proteger a la institución como benefactor de las artes. A continuación, el 16 de enero de 1812, el intendente general del ejercito Barón de Lacuée, a instancias de Suchet, recibía a los directores de las diferentes disciplinas de la Academia y les instaba a formar un «museo de arte» con las pinturas, esculturas, medallas y libros requisados a los conventos de regulares. La idea de aglutinar en un sólo edificio todas las obras artísticas eclesiásticas era, en el fondo, un intento de revivir la creación de museos nacionales a la manera francesa, aunque en este caso se justificó en la formación académica de los alumnos con las obras de artistas del pasado.

Puerta de la Academia de Bellas Artes de San Carlos en la Universidad de Valencia. (Publicado por Teodoro Llorente, Valencia. Barcelona, 1889).

La Academia conocía bien las más celebradas obras que conservaban los conventos valencianos y procuró salvaguardar aquel tesoro, evitando que los franceses se apoderasen de ellas como botín de guerra. De este modo mantuvo el ideal de la creación de un museo y se dispuso a recoger ante todo las obras de arte que por su calidad merecieran conservarse en éste. Para ese cometido nombró una comisión presidida por el académico y profesor Vicente López, que seleccionó junto al administrador Rodier los mejores cuadros conventuales según su criterio.
        Las primeras pinturas llegaron el 29 de enero de 1812 procedentes de los conventos de Santo Domingo, Trinitarios Descalzos y Santa Catalina de Siena, y el 5 de febrero de 1812 las de San Cristóbal, cuyas obras fueron calificadas de «escaso valor artístico», siguiendo las de San Francisco, La Merced y Montesa entre otros. Los lienzos se iban hacinando en las salas de la Universidad cuyo reducido espacio impedía la exposición de las mismas que, además, tenían que convivir con la mutilada colección académica.

Teodoro Blasco Soler
Billete de entrada al Museo Provincial de Bellas Artes.

La falta de espacio motivó la creación de una comisión especial que emitió un informe en el que expresaba la necesidad de buscar un edificio más apropiado para instalar el deseado museo, solicitando al efecto la Real Casa de Enseñanza de Niñas o el Convento de la Orden de Montesa (El Temple), propuesta que no prosperó a tenor del decreto de 14 de mayo de 1812, que disponía como remedio la reparación de los desperfectos de la sede universitaria.
        Pero aquella situación duró poco, apenas un año, ya que recobrada la paz y restablecido el gobierno nacional a mediados de 1813, las obras de arte eran devueltas en 23 de enero de 1814 a las comunidades religiosas restablecidas, que habían solicitado la restitución de su patrimonio. Los regulares, sin embargo, convinieron con la Academia la cesión de cinco pinturas, elegidas por la comisión, en prueba de agradecimiento por haber protegido sus bienes artísticos, y bajo el expreso deseo de que se destinaran al progreso de los estudios de los alumnos de bellas artes.

Museo de Bellas Artes de Valencia.
Sala Martínez Campos en 1913.

Tras este infructuoso intento el museo no llegó a ser realidad hasta 1837, en que las medidas desamortizadoras estatales convierten las propiedades del clero en el principal fondo artístico de los futuros museos españoles. La causa fue la tensión política, económica y la animadversión religiosa que posibilitaron que el recién nombrado ministro de Hacienda, Juan Álvarez Mendizábal, decretara, el 25 de julio de 1835, la supresión de las comunidades religiosas con menos de doce individuos, y más tarde el 11 de octubre del mismo año los restantes independientemente del número de profesos que tuviesen, declarando sus bienes como propiedad estatal para solucionar la bancarrota en la que estaba inmersa la nación, medidas que se repitieron en 1836 (19 de febrero, 5 y 8 de marzo) afectando a todos los institutos religiosos, y el 29 de julio 1837 esta vez suprimiendo los conventos femeninos.
        Para controlar los bienes incautados se formó en cada provincia una junta compuesta por el ordinario, el gobernador civil, el intendente, un vocal de la Diputación Provincial y una dignidad, canónigo o racionero, nombrado por aquélla. Esta Comisión de Amortización se encargó de que los archivos, libros, cuadros y objetos de valor que fuesen útiles a las ciencias y artes se destinasen a los institutos, bibliotecas, museos y demás establecimientos de instrucción pública. En Valencia, todas las obras de arte incautadas se destinaron al Museo Provincial de Bellas Artes, cuya gestión, en un primer momento, corrió a cargo de la Comisión Científica y Artística del Museo Provincial, y la organización se encomendó a la Academia de San Carlos, la cual recogió alrededor de 2.446 pinturas, 113 grabados, 45 esculturas, 6 retablos y otros objetos artísticos, encargándose de formar inventarios de ese material según la disposición de 9 de abril de 1836. Así quedó formado el grueso de la colección pictórica del actual museo, cuya titularidad sigue siendo del Estado.
        Durante las jornadas previas a la exclaustración y en los intervalos producidos en la recogida de obras de arte desde 1837 a 1839, la picaresca se cebó en aquel patrimonio, desapareciendo en muchos casos las piezas más apetitosas y de tamaño más manejable, que fueron a parar a manos de coleccionistas particulares y avispados comerciantes. Con todo, el volumen de lo recogido era inmenso. La aceptación de todo ese material con destino al museo, provocó una avalancha de obras que al no ser anotadas con descripción pormenorizada de asuntos, dimensiones o procedencias, ha hecho imposible en muchos casos su identificación y clasificación posterior. Para almacenarlas se destinó el incautado edificio del Temple, en espera de un lugar mejor para exhibirlas.
        Si ya en tiempos de la dominación francesa la Academia pensaba instalar el museo en el convento de la Merced, de gran capacidad, ahora se pedirá de nuevo. Al no ser concedido, se fijó la atención en el convento del Carmen Calzado, que fue cedido el 30 de diciembre de 1837, no sin antes haber recurrido la Academia esa decisión, en junta ordinaria de 29 de enero de 1837, por considerarlo aún pequeño. Pese a todo, el 13 de febrero de 1838 se tomaba posesión del Carmen, y el 5 de octubre de 1839 se inauguraba el nuevo museo, cuya existencia quedaba sancionada en la orden de 7 de noviembre de 1839. Éste únicamente podía ser visitado dos días al año aprovechando la celebración de alguna exposición organizada por la Sociedad Económica de Amigos del País, posteriormente, se solicitó que abriese al público los días 1 y 15 de cada mes, y finalmente las mañanas de los domingos de octubre a junio u otro día si se solicitaba previamente.